Los costarricenses de mediados del siglo pasado, todavía humildes labriegos –pocos con estudios y grados académicos superiores- pero sabios por su visión solidaria, sabían que la paz social, solo es posible, con un espíritu de desprendimiento
personal y de un gran patriotismo. Únicamente así, se puede pensar también en
el bienestar de los otros y en de la patria.
Aquella bucólica y piadosa Costa Rica de siglos pasados, se nos está deslizando de entre los dedos a juzgar por los últimos acontecimientos: huelgas, asaltos, asesinatos hasta de indefensos niños, actos de corrupción y, por otro lado, la mayoría de las acciones públicas no satisfacen al pueblo. Estos son hechos que se repiten con tal regularidad, que ya casi nos acostumbramos a verlos, como si fueran parte del diario vivir de nuestro país.
Por otro lado, la mayoría de las organizaciones gremiales de todo tipo, guardan silencio ante esos hechos, como si lo único que los motivase a movilizarse, es cuando alguien osa proponer la eliminación o reducción de algunos privilegios de su casta gremial.
Finalmente, y no por eso menos grave, está la indiferencia de la mayoría de los costarricenses, del ciudadano común, que ante tales hechos, se resigna a manifestar, melancólicamente, que aquí no hay cara en la cual persignarse. Como si con eso, cumpliéramos con nosotros mismos y con la patria
Estamos casi viviendo un estado de sitio, provocado por pecados de acción pero también por los de omisión; parece ser que lo único importante hoy día, es el beneficio personal o cuando mucho el gremial, que cada uno salve lo suyo. Después de mí el diluvio.
Es claro que hemos perdido el norte; como país nos estamos dirigiendo hacia un descalabro nacional de consecuencias impensables, para tragedia de nuestros indefensos hijos y nietos.
Urge corregir el rumbo, si queremos dejarle a las futuras generaciones, al menos, un país igual al que recibimos de nuestros antepasados, si es que no tenemos el coraje de crear una sociedad más justa y libre con un desarrollo económico sustentable y en lo social más inclusiva, a partir de una democracia más participativa e integral.
Orlando Castro Quesada
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