Desde hace ya algún tiempo, he venido notando como en la Sociedad emergen personajes más por su resonancia amarillista que por sus cualidades especiales como ciudadanos y seres humanos, son identificados como “personajes”, aunque sus pensamientos y forma de vida representan contravalores.
Creo necesario citar lo que el Diccionario de la Real Academia de la lengua española define como Personaje. Entre uno de sus significados dice que es:
“Persona de distinción, calidad o representación en la vida pública”.
A la luz de la definición anterior, es evidente que la designación de ciertas personas como personajes, tiene una gran y profunda contradicción en sí misma pues no guarda relación alguna con la citada definición.
Las nuevas generaciones, con gran preocupación pienso, que desde ya algún tiempo vienen identificándose con los patrones de vida personajes, ya no solo no actúan correctamente y a favor de los demás integrantes de la sociedad -tal como lo define el diccionario de la Real Academia de la lengua española- sino que lo hacen en perjuicio de los intereses del país y del resto de la sociedad.
Estamos viviendo un cambio de época, más que en una época de muchos cambios. Nuevas realidades tecnológicas, económicas, financieras, comerciales, sociales y políticas, surgen prácticamente a diario.
Producto de esos vertiginosos cambios, los individuos, a duras penas, los podemos asumir, cuando se nos vienen encima nuevas invenciones con efectos inmediatos en la vida de las personas y de la sociedad. Esto crea un gran desconcierto en todas y todos los integrantes de la sociedad pues se está consolidando una especie de cultura desechable. Muy poco, para no decir que nada, persiste y este avalancha ha alcanzado también a los valores que la sociedad reconocía, anteriormente, como no negociables pero que ahora han sido relativizados.
Uno los mayores retos que tiene la sociedad humana, es la definición de los nuevos valores y principios que sirvan de norte para sus integrantes. Pero pienso que los contravalores del pasado, no deben convertirse valores válidos por simple reacción al pasado.
ORLANDO CASTRO QUESADA